viernes, 28 de noviembre de 2014

Segunda parte del relato por entregas

¡Buenos días, o casi buenas tardes ya!

¿Qué tal vais llevando la semana? ¡Hoy por fin es viernes! Y eso significa que viene un fin de semana cargado de planes de los que nos gustan. ¿Qué pensáis hacer vosotr@s este finde? ¿Tenéis plan? Yo mañana iré al estreno de la nueva obra de teatro en la que participan mis dos mejores amigas. Y desde aquí les deseo ¡Mucha mierda!, aunque sé que no la necesitan porque son espectaculares.

Para los que no tengáis plan aún... ¡no os preocupéis que yo hoy os traigo sorpresa! Y es que por fin, después de unas semanas os traigo la segunda parte de la novela por entregas que os comenté y de la que ya pudisteis leer la primera parte. Y los que no la hayáis leído aquí la tenéis.

He tardado mucho en compartir la segunda parte, lo sé, pero es que nada de lo que escribía me convencía, tenía tantas ideas que quería plasmar en esta parte, que me resultaba casi imposible cohesionarlas del todo bien. No sé qué os parecerá esta nueva entrega, pero desde luego, os puedo asegurar que he trabajado mucho en ella y que me ha costado bastante más que la primera parte. Quiero abarcar mucho en poquito espacio para que no se os haga muy largo el relato, y eso a veces no es bueno. Al final, creo que he conseguido, al menos bajo mi punto de vista, hacerlo bien. Pero ya sabéis que soy una principiante y que aún me queda un mundo por aprender. 

Soy consciente de que para gustos, colores, y que hay una enorme diversidad de opiniones acerca de lo que hago, pero, os pediría, por favor, que aquellos a los que no os guste lo que escribo y queráis aconsejarme (yo siempre doy la bienvenida a nuevos consejos, porque lo que en el fondo quiero es aprender y crecer como escritora) lo hagáis de forma calmada. He llegado a encontrarme comentarios criticando fuertemente lo que publicaba. Y con esto no quiero decir que no acepte las críticas, pero creo que siempre hay formas y formas de decir las cosas. Yo creé este blog con toda la ilusión del mundo y muchas veces lo que la gente pretende es terminar con esa ilusión. Yo no obligo a nadie a quedarse aquí, eso está más que claro, y los que decidís quedarme y seguirme sois los que me hacéis seguir hacia delante en esta gran ilusión.

Y sin meteros mucho más royo que hoy estoy de un sensible cojonero... os dejo ya la segunda parte del relato. ¡Espero que lo disfrutéis! 



SEIS MESES ATRÁS

Siempre habíamos sido una familia feliz y dichosa. Mi padre, arquitecto reconocido en España, y mi madre, profesora en la Universidad de Medicina, habían trabajado mucho para darnos a mi hermano y a mí todo lo que necesitábamos y pudiéramos desear. Viajábamos constantemente y nos gustaba celebrar fiestas y reuniones con los vecinos en el jardín de nuestra casa.

Pero mis padres nunca estuvieron cegados por la codicia o el poder del dinero, todo lo contrario: les apasionaba ayudar a los demás, y por esa razón, todos los meses organizaban en casa una jornada de puertas abiertas para que los más necesitados acudieran en su ayuda. Siempre salían con lágrimas en los ojos de la emoción, y cargados hasta arriba con cajas de comida y ropa.

Todo el mundo en el vecindario nos quería. Y mis padres, bien se habían ganado el aprecio y afecto de todos ellos. Pero me daba la sensación de que mi padre no era del todo feliz, y cuando les preguntaba por ello siempre respondían lo mismo:
--  No te preocupes Karola. No es nada.

Sin embargo, yo no podía quitarme de la cabeza esa mirada triste al terminar todas las fiestas que celebrábamos por fechas como Navidad, cumpleaños y demás.

Una noche, sin ir más lejos, tras una enorme fiesta por mi decimocuarto cumpleaños, escuché como mi madre, desde el dormitorio, hablaba con mi padre y le decía:
 --  ¡Olvídalo Ramón! Tú no tienes la culpa de que te haya ido tan bien la vida. Has trabajado muy duro para tener lo que tienes hoy día. Nada llega del cielo. Es tu único hermano, acabará aceptando que se alegra por ti.

[…]

La noche en que la vida de nuestra familia cambió completamente era Acción de Gracias. Ese día, como tradición que recordaba desde que tengo uso de razón, mis padres salían bien temprano en la mañana para comprar el pavo de la cena y unos regalos que siempre nos hacían: Por ser los mejores hijos del mundo; nos decían al dárnoslos. Mientras ellos estaban fuera, Roger y yo decorábamos toda la casa como queríamos. ¡Era la noche especial de la familia!

Como cada año, tras terminar de decorar la casa y ayudar a mi hermano a ponerse bien guapo, era el turno de ducharme y arreglarme. Al terminar, como siempre, nos sentábamos en el sofá y esperábamos a papá y mamá. Pero esa noche, mis padres tardaban más de lo normal en llegar a casa, Roger estaba muy cansado y yo empezaba a estar ansiosa.

Lo que ocurrió justo después era algo que nunca había llegado a pensar que podía ocurrir. El timbre de la casa empezó a sonar incesante, y Roger, que se había quedado dormido, se despertó enseguida. Cogí su mano, me agaché y vi que estaba muerto de miedo. No sé qué es lo que pasaba por la mente de mi hermanito en ese momento, pero desde luego, no era nada bueno. Le lancé una sonrisa para intentar relajarlo y me dispuse a abrir la puerta de casa.

Me imaginé lo peor cuando vi a dos policías al otro lado de la puerta. Les dejé entrar y pedí un momento para acostar a Roger. Sea lo que fuera que vinieran a contarnos, un niño de 4 años no debía estar presente si podía evitarse.

Efectivamente, lo que venían a contarme los dos policías era que mis padres habían tenido un grave accidente. Un accidente que se llevó a mi padre por delante y dejó a mi madre totalmente débil y con secuelas. No se sabía cuál había sido el motivo del accidente, pero me prometieron que trabajarían sin cesar para descubrir que había ocurrido.

Acto seguido, se ofrecieron a llevarme al hospital donde habían ingresado a mi madre de urgencia, así que dejé a Roger con mis vecinos más cercanos, y me monté en el coche policial.

Creedme, cuando vi a mi madre tumbada en la cama de aquella habitación, quise correr en la dirección contraria y escapar de allí cuanto antes. Me sentía incapaz de mirarla, porque la persona que había en esa cama, no parecía mi madre. Era imposible reconocerla. Tenía la cara amoratada, prácticamente desfigurada, su cuerpo estaba lleno de magulladuras y quemaduras que dejaban ver horribles heridas sangrantes, y además, había sufrido un fuerte impacto en la cabeza que le había hecho perder más de la mitad de su larga y rojiza melena.

Desde aquella noche, nada volvió a ser lo mismo. Ya no éramos una familia feliz, y no me quedó más remedio que madurar de golpe y dejar atrás a esa niña feliz y sin preocupaciones que había sido hasta entonces. Me convertí de repente en madre y enfermera. Ahora tenía que cuidar de mi madre y de mi hermano.

A causa del accidente que nos había quitado a mi padre, mi madre había perdido la capacidad de hablar y de hacer nada por ella misma, ya que había perdido un 70% de la movilidad de su cuerpo, así que tenía que estar pendiente de ella, sin olvidarme de mi hermano, las 24 horas del día.

Semanas después de la noche de Acción de Gracias, la Policía me buscó en casa para contarme que seguían investigando el accidente. Se olían algo raro en lo ocurrido, así que creyeron conveniente hacerme un interrogatorio. Me preguntaron si mis padres habían tenido problemas en el pasado con alguien. Lo único que acerté a contarles era que se llevaban bien con todo el mundo, tenían muchos amigos, que incluso donaban a los necesitados, y que nunca los había visto discutir o pelear con alguien. No imaginaba quién podía haber querido matar a mis padres, ellos no tenían cuentas pendientes con nadie y todo el mundo en el vecindario nos quería.

Obviamente tuve que abandonar el instituto y dedicarme íntegramente a mi hermano y mi madre, así que agradecí todo el esfuerzo de mis padres en haber conseguido tan buenos trabajos que nos habían dejado grandes cantidades de dinero. Ahora que mi padre ya no estaba, y mi madre no podría volver a trabajar, esos ahorros eran lo único que nos quedaba para vivir.

En mi nueva vida como madre y enfermera, me despertaba al alba para mantener la casa limpia y ordenada, me daba una corta ducha, despertaba a Roger para asearlo, vestirlo, darle de desayunar y llevarlo al colegio, mientras mi madre dormía. Cuando llegaba a casa, me tocaba cuidar de ella. Bañarla, darle de comer, vestirla… era como un bebé grande con el que a veces me costaba lidiar. Desde la noche del accidente, mi madre sólo lloraba y lloraba, y en numerosas ocasiones me veía suplicándole silencio mientras enjugaba sus lágrimas. Intentaba ser fuerte, cantarle para relajarla, hablarle, contarle historias; y sólo tras largas horas leyéndole poesía, parecía quedarse tranquila.

Pero la situación fue empeorando. No levantó cabeza desde la muerte de mi padre y la depresión terminó por llevársela también a ella.

En 6 meses escasos, Dios nos había arrebatado lo que más queríamos y necesitábamos en el mundo. Y ahora yo era la responsable de que la vida de mi hermano fuese como tenía que ser. Iba a hacer lo que tuviera que hacer para que mi hermano fuese feliz otra vez.






¡Esto es todo por hoy! Espero que compartáis en vuestras redes sociales para que el relato llegue a más gente, que me contéis en los comentarios qué os ha parecido, y deciros que os espero para la tercera parte. 

¿Qué os ha parecido esta segunda parte? ¿Cambiaríais algún aspecto? ¿Qué esperáis que pase en la tercera parte?

Gracias por dedicarme vuestro tiempo.

Millones de besos,




3 comentarios :

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Hola Tati, la verdad es que conocí este blog de pura casualidad, me es muy grato leerte, no está demás decir que también soy escritora, sí no es molestia te dejo abajo mi blog. Quizás te interese y llegues a comentar. Un cordial saludo.
    http://snookithomson.blogspot.com.ar

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  3. Me pasaré. Siempre es genial conocer nuevos blogs de gente a la que le guste escribir.
    Siento haber respondido tan tarde. Un besito!

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